miércoles, 30 de junio de 2010

Capítulo XLIV


CAPÍTULO XLIV

Todos los que estaban dentro del remolque se quedaron quietos durante unos segundos. Nadie sabía qué había pasado, pero algo iba mal, habían oído un disparo y la camioneta se había detenido. Charles y Andrea tomaron la iniciativa y saltaron del remolque.

Alicia estaba paralizada, oía voces, pero no entendía bien lo que decían, iba a preguntarle algo a Fernando cuando él levantó el dedo índice y se lo llevó a los labios. Estaba muy concentrado; aunque no distinguía las palabras, esa voz le era familiar, al momento lo entendió, rápidamente se volvió en silencio hacia la parte delantera del remolque y en una bandolera de cuero metió la comida con la que iban a hacer frente al viaje, hurgó en una de las cajas de madera y sacó dos pistolas y munición, metió una en la bolsa y comprobó que la otra tuviese balas. Se echó la bandolera al hombro y con la mano que tenía libre asió la mano de Alicia.

Ambos saltaron intentando no hacer ruido, por fin oyeron con claridad a Mendoza:

Vosotros dos, id a registrar el remolque.− Ordenó.

Fernando oyó los pasos en el lado izquierdo del remolque y le hizo un gesto a Alicia indicándole que torciera a la derecha. Les oyeron subir y al momento gritaron:

Aquí no hay nadie, señor.

Fernando salió de su escondite y sin mediar palabra disparó al policía más cercano a él. Le acertó en el hombro y provocó una pequeña confusión entre los policías pues al principio ninguno sabía de donde provenía el disparo. Andrea y Charles aprovecharon esa distracción y sacaron sus armas. En ese momento los tres dispararon y echaron a correr hacia el bosque, donde, al menos, tenían una posibilidad.

Cada poco tiempo se volvían para responder a los disparos de los cuatro policías. Fernando tiraba de Alicia intentando colocarla delante de él, de manera que no la pudieran alcanzar las balas.

Le he dado a uno.− Dijo Andrea al tiempo que se escondía detrás un árbol.

Fernando también se había resguardado tras un árbol y apretaba a Alicia contra él con el brazo que tenía libre. Alicia estaba asustada, pero tenía la mente más despierta que nunca.

¿Dónde está Charles?− Preguntó con un murmullo.

Fernando la miró desconcertado, acto seguido miró a su alrededor, esperando verle tras un árbol, pero no estaba.

Andrea ¿Y Charles?

Ella frunció el ceño, miró en derredor pero tampoco le encontró.

No lo sé corría a mi lado.− Respondió Andrea angustiada.

No puede ser, no puede ser…− Sollozó Alicia.

Fernando la abrazó con más fuerza y la besó en la frente, permaneció unos segundos mirando sus ojos y luego la besó en los labios, por primera vez en mucho tiempo. Alicia se sintió más serena después de eso, pero los disparos seguían sonando a su alrededor.

Andrea respondió de nuevo a los disparos.

Hay que salir de aquí.− Exclamó resguardándose de nuevo tras el árbol y cargando el revólver.− ¡Mierda! Apenas tenemos balas.

Las tengo yo.− Replicó Fernando señalando la bandolera.− Corred, yo os cubro.

No.− Musitó Alicia apretándose contra él.

Ya.

Andrea echó a correr y al pasar junto a Alicia la cogió del brazo y tiró de ella.

Cuanto más rápido corras menos tiempo estará él cubriéndonos.− Le susurró Andrea.

Alicia al oír eso empezó a correr más deprisa, adelantando a Andrea, cuando llegaron a una pequeña colina se colocaron detrás y esperaron a que llegara Fernando.

A los pocos minutos él estaba allí; Sangraba de un brazo.

No es nada.− Comentó antes de que ellas pudieran decir nada.− Sólo me ha rozado… ¡Joder! Ya me extrañaba que ese cabrón no diera señales de vida.

Alicia se adelantó para cerciorarse de que la herida no era grave.

Andrea les miró con semblante sombrío.

Fisco está muerto.

Alicia y Fernando la miraron. Algo dentro de él se rompió al oír la confirmación de lo que ya intuía.

¿Y qué ha sido de Charles?− Inquirió Alicia intentando mantener la voz firme.

No lo sé.− Murmuró Andrea con sinceridad.− Si hubiera caído me habría dado cuenta, estoy segura, porque iba a mi lado creo que lo hemos perdido en la carrera.− Comentó ella sin mucho convencimiento.

Lo que está claro es que no podemos quedarnos aquí.− Señaló Fernando con voz algo tomada.− No sabemos si está por delante de nosotros o si se ha quedado atrás, debemos continuar.

Ya no se oyen disparos.− Observó Alicia, extrañada.

Conseguí dar a Mendoza, no creo que le haya hecho nada, pero por fin han decidido retirarse.

Pero ¿volverán?

No te quepa duda, pero ahora tenemos una ventaja, porque tardarán un tiempo en traer refuerzos y Mendoza querrá participar, aún estando herido. Tenemos que ponernos en marcha ya.

Es hacia allí.− Indicó Andrea frunciendo el ceño.− No me puedo creer que vaya a repetir la odisea.− Comentó con tedio, aunque era obvio que quería dejar de pensar en Fisco y en Charles.

¿Repetir?− Se sorprendió Alicia.

Sí, ya salí de España una vez… andando.

Alicia sentía curiosidad, pero sabía que ese no era el mejor momento, así que comenzó a caminar a paso ligero. Cuando llegó la noche, estaban cansados y doloridos. La experiencia del tiroteo les había inquietado a todos y esa inquietud se tradujo en energía: habían caminado sin descanso durante horas y el camino no ponía las cosas nada fáciles.

Durmieron apenas dos horas, la angustia por la ausencia de Charles y el dolor por la muerte de Fisco no les permitían relajarse. Antes de que despuntara el alba ya estaba de nuevo caminando. Andrea tomó la delantera, Alicia la seguía a corta distancia y Fernando cerraba la comitiva. Nadie esperaba que los otros les tomaran la delantera, pero lo hicieron. Sólo tres horas después de haberse puesto en marcha, Fernando oyó un ruido sospechoso, iba a decir algo a Andrea cuando llegó el disparo. El grupo se paró no sabían de donde había venido aunque no parecía haber dado en el blanco; Alicia miró a su alrededor.

Corramos.− Sugirió, asustada.

Fernando tomó su mano y empezaron a correr, pero a los pocos pasos tuvieron que parar y retroceder; Andrea no se movía, se había quedado de pie, temblando. Abrió la boca, parecía que intentaba decir algo pero no emitió ningún sonido, bajó la mirada y posó su mano un poco por encima del estómago, luego la retiró y se la mostró a Alicia y a Fernando. Estaba ensangrentada.

De repente, se oyó un nuevo disparo, pero este dio en un árbol cercano a Alicia. Los dos corrieron hacia Andrea, que cayó hacia delante como a cámara lenta. Alicia la dio la vuelta e intentó detener la hemorragia poniendo sus manos sobre la herida. Fernando se quedó de pie a su lado y disparó hacia el lugar del que parecían provenir los tiros.

Cógela, cógela.− Murmuró Andrea.

No.− Sollozó Alicia.− No va a hacer falta, te vas a poner bien.

Cógela y dásela, por favor, me lo prometiste.− Musitó Andrea.

Tras decir esto, giró la cabeza y pestañeó lentamente. Una suave brisa movió su cabello haciendo que un mechón le cayera sobre los ojos pero ya no se movió.

Se oyó un nuevo disparo que fue a dar contra una roca.

Alicia, tenemos que irnos.− Dijo Fernando, mientras unas lágrimas caían de sus ojos. Se las secó con enfado y volvió a responder a los disparos.

Pero Alicia se negaba a abandonar a Andrea y seguía apretando con fuerza la herida, hasta que un impulso irracional le dijo que si tiraba de ella con la suficiente fuerza, se volvería a levantar y todo volvería a estar bien… tiró de su mano con desesperación, pero no ocurrió nada. Fernando, a su vez, agarraba el hombro de Alicia, instándola a levantarse y correr. Ella rompió a llorar con rabia y rebuscó en los bolsillos de Andrea, cogió un sobre y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.

Coge la pistola y vámonos.− Dijo Fernando.

Esta vez, Alicia obedeció. Los dos corrieron dejando atrás el cuerpo inerte de Andrea, mientras disparaban a un punto indefinido del bosque. Ambos sentían cómo el dolor les desgarraba por dentro, pero sabían que no era el momento de derrumbarse.

lunes, 28 de junio de 2010

Con el vil metal hemos topado...

"Águila Roja no es económicamente rentable" así lo ha dicho Daniel Écija, presidente de Globomedia. Por este motivo su continuidad depende de dos factores: el público y, en última instancia, RTVE.
Si tomamos este dato por el lado negativo podemos pensar que Águila Roja terminará pronto, pero bien pensado, va a tener una tercera temporada y será llevada al cine... ¿Qué más queremos? ¿Acaso preferimos que la estiren hasta la saciedad y ya no reconozcamos a la serie? Creo que deberíamos acordarnos de esa época en la que las series tenían una sóla temporada, en la cual se cerraban todas las tramas abiertas.
Personalmente, prefiero calidad a cantidad.
Fuente: Europapress

Recordatorio

Dado que el viernes no podré publicar el capítulo del relato Cuando quemaba el aire, adelanto la fecha de publicación al miércoles 30 de junio. Después de esa fecha, el relato volverá a ser publicado los sábados.
¡Un abrazo!

sábado, 26 de junio de 2010

Primero descubre quién eres y, luego, lucha por lo que quieres





Unos regalitos:
La primera imagen con una frase de la canción In arms of an angel de Sarah McLachlan, cuya traducción sería: "Déjame estar vacía y ser ingrávida y quizá encuentre algo de paz esta noche... en los brazos de un ángel". Al fin y al cabo, si Margarita desea encontrar algo de paz, hay cierto héroe que podría ayudarla.
La segunda imagen, con una cita de Salvador Rueda. Sobran las explicaciones.
La tercera imagen, tratando un poco el tema de Irene y la irremediable lucha por saber quién es a la que tendrá que enfrentarse tarde o temprano. La cita es de Chinogizbo (ni idea de quien es, pero sin duda es sabio/a).
Y la cuarta y última imagen, sobre los deseos del comisario... que ahora con su boda se tornan bastante difíciles de lograr.
Espero que os gusten.

Historia de un amor


Para las fans de este bolero. Espero que os guste el montaje, me ha llevado bastante tiempo por el tamaño que tiene; las capturas son de NoA.

viernes, 25 de junio de 2010

La clave del éxito


Daniel Écija, presidente del grupo Globomedia y creador de Águila Roja, dirigirá un Curso de Ficción en el que se hablará sobre la creación de series, la dirección, la escritura... En este curso también intenvendrán Pilar Nadal, de Águila Roja o Laura Belloso, de El internado.
Fuente: El Mundo

Capítulo XLIII


CAPÍTULO XLIII

Señor, entonces… ¿mandamos dos hombres allí?− Preguntó un joven uniformado sin poder ocultar su nerviosismo.

Gregorio Mendoza le dedicó una dura mirada y respondió con voz de acero:

Nos enfrentamos a un mínimo de cuatro rojos: Solís, los dos que vinieron disfrazados de militares y la zorra esa que drogó y retuvo a los verdaderos militares… ¡Irán cuatro agentes por zona y nada de uniformes! ¿Entendido? Pida colaboración a la guardia civil, pero déjeles bien claro que el operativo sigue siendo nuestro.

Ehm… Sí, señor.− Balbuceó el muchacho.

Quiero vigilancia aquí, aquí, aquí, aquí…− Ordenaba Mendoza mientras señalaba en el mapa varios puntos cercanos a la frontera por los que transcurrían carreteras secundarias.

¿Vigilancia?

.− Afirmó Mendoza, mientras levantaba la vista del papel.− Tienen órdenes de vigilar, no de actuar, a no ser que no les quede más remedio.

Pero

¿Ha llegado ya el coche?− le interrumpió Mendoza que estaba más centrado en sí mismo que nunca.

Sí, señor, pero

No quiero oír nada más. Iré a una zona cercana a frontera con cuatro hombres más, con las informaciones que nos vayan llegando nos moveremos hacia el punto más probable; el punto que han escogido para huir. Una vez allí… yo me encargaré de ellos.− Susurró Mendoza, saboreando cada palabra.

Pero… ¿no sería mejor interceptarles antes?− Musitó el joven subalterno.

Mendoza le miró con ferocidad, pero no respondió; se dio la vuelta, salió de la comisaría y entró en el coche que le esperaba cerca de la entrada.

El policía miraba la puerta que su jefe acababa de cruzar con aprensión; No era capaz de imaginar que el plan de Mendoza respondía a dobles intereses personales: Por un lado, saldar su cuenta con esos dos hombres que habían logrado engañarle… humillarle; y por otro, colgarse una medalla por haber capturado a esa pandilla de rojos in extremis, cuando ya estaban a punto de escapar.

Aún con la voz de su superior resonándole en la cabeza, Mendoza sonrió, seguro de que su plan iba a salir bien… Haber sido enlace de los maquis, le había proporcionado cierta información muy valiosa.

Tras el largo viaje, el humor de Mendoza, ya de por sí irascible empeoró; se sentía agotado, sucio y solo, aunque eso último no le importaba demasiado. Nunca contaba con nadie a otro nivel que no fuera dar órdenes; se sentía más seguro cuando no había ningún otro policía cerca que cuestionara sus decisiones.

Pasaron tres días hasta que por fin una de las patrullas que él había organizado avistó a una camioneta sospechosa, cuyo conductor respondía a la descripción de uno de los impostores. El policía, al oírlo, mantuvo la calma, ya que antes habían tenido dos falsas alarmas sobre vehículos sospechosos. Mendoza interrogó al agente que estaba al otro lado de la línea telefónica y mientras el otro hombre contestaba dócilmente a sus preguntas, algo en él se encendió. Conocía esa sensación perfectamente: una presión en la boca del estómago que le indicaba que había encontrado algo.

Sin dar opción a que su interlocutor finalizara la frase, colgó el teléfono y llamó a los cinco hombres que permanecían en la sala de al lado, fumando y mirándose las manos, aburridos. El grupo salió del cuartel fronterizo y se subieron al coche. Mendoza, con un susurró, le indicó al conductor hacia donde debían ir.

Sus labios formaron una sonrisa triunfal, mientras sacaba su arma de la funda de cuero y comprobaba las balas que tenía.

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Al mismo tiempo, en una camioneta, una mujer acababa de prometer algo que no quería cumplir, un favor doloroso al que no había podido negarse.

sábado, 19 de junio de 2010

Lo que nunca te dije



Y para la pareja protagonista, estas dos imágenes.
La primera, con la mirada triste del héroe, recordando momentos de su vida... en los que siempre está Margarita. El texto es de la canción Dondequiera que estés del gran Joan Manuel Serrat.
La segunda, con ese beso tan bonito como onírico, tiene un fragmento de la canción I love you de Sarah McLachlan. La traducción sería: Cada vez que estoy junto a ti, es mucho lo que no puedo decir y tú simplemente te alejas y yo olvido decirte que te quiero y la noche es tan fría y larga sin ti... Me compadezco en mi condición, por no poder encontrar las fuerzas para decirte lo mucho que te necesito.
Sobra decir que en esta pareja hay una falta de comunicación de tres pares de narices, así que el motivo por el cual he usado esta cita... es obvio.
Espero que os gusten.

Inocencia




Para lo más ingenuo e inocente de la serie, estas tres imágenes.
La primera, con Irene de protagonista con una frase de Jean Racine.
La segunda, con la pareja Irene&Martín con una frase de Benjamin Disraeli.
Espero que os gusten.

En las sombras del alma


Dos imágenes para el lado oscuro de la serie. A decir verdad, me encantan estas dos almas torturadas (y tortuosas). De la primera no hay mucho qué decir... no tengo frases para todo, lo confieso, ja ja ja.
La segunda tiene un fragmento de la canción A ti de Ricardo Arjona (¡¡Va por ti, Marysol!!), porque a esta pareja le va que ni pintada. Intento mostrar al comisario alejándose de la mujer que ama, la misma que le hace sufrir...
Espero que os gusten.

viernes, 18 de junio de 2010

Inma y Primos


Inma sigue rodando la película Primos, una comedia dirigida por Daniel Sánchez Arévalo. En las últimas tres semanas ha tenido que compatibilizar el rodaje de la película con el de la tercera temporada de Águila Roja, que ya ha finalizado.
Fuente: Agencia EFE

Fiesta con Francis Lorenzo

El juego online Miáguilaroja invita a 500 jugadores a una fiesta con el actor Francis Lorenzo, además tocará el grupo Pol 3:14. Será el día 23 de junio a las 21:00 en la Sala Orange café de la calle Serrano, en Madrid.
Y el evento será retransmitido por Facebook y Twitter.
Fuente: Pizquita

Capítulo XLII


CAPÍTULO XLII

En mitad de la noche, una camioneta avanzaba a través de un camino de tierra. El sendero estaba flanqueado por centenarias encinas y Fisco, que había sustituido a Charles unas horas atrás, aguzaba la vista rezando para que ningún animalillo se cruzara en el camino. Aunque ya no llovía, la ausencia de Luna hacía más difícil la visión, pero, por otro lado, esto ofrecía un cielo cuajado de estrellas.

Dentro del remolque reinaba un silencio, roto de vez en cuando por los murmullos de Charles y Andrea; Alicia y Fernando, en cambio, no habían abierto la boca desde que finalizó la ruidosa discusión. Él seguía mirando el pequeño segmento de lona ondeante y ella le miraba de soslayo, intentando aparentar indiferencia, mientras mordisqueaba un pedazo de queso.

La camioneta fue aminorando la velocidad hasta que al fin se paró. Alicia no pudo evitar mirar con inquietud a Andrea, pero esta ya se había levantado y sujetaba la lona para que los demás salieran. Fisco también estaba fuera, apoyado en la puerta izquierda de la camioneta.

Pasaremos la noche cerca de aquí.− Explicó Charles sin dirigirse a nadie en especial.− Fisco, esconde la camioneta allí.− Le pidió mientras señalaba hacia la derecha del camino, donde había un hueco entre los árboles por el que podía caber un vehículo.

¿No vigilan estos caminos?− Preguntó Fernando.

Lo dudo. Esperan que vayamos a Francia, que es justo lo que vamos a hacer, pero nos hemos desviado bastante. Por precavido que sea ese Mendoza, no creo que este camino esté entre en sus prioridades.

Ya lo saben, entonces.− Supuso Fernando.

¿Si saben que te has escapado? Sí, claro.− Contestó Andrea, que acaba de saltar del remolque y portaba unas cuantas mantas en el regazo.− Lamentablemente no podíamos conseguir más tiempo.

Hace ya unas cuantas horas que habrán vuelto a poner precio a tu cabeza, amigo.− Dijo Fisco, que acababa de volver de esconder la camioneta, y le dio un apretón en el hombro a Fernando que parecía circunspecto. Charles miró interrogante Fisco y este dijo.− La he dejado detrás de una pequeña loma, lo justo para que no se vea desde el camino; no me quiero arriesgar a dejarla muy lejos y que luego no pueda encontrarla.

De acuerdo.− Dijo Charles.− Lo mejor será que vayamos a dormir.

¿Por qué no seguimos viajando?− Inquirió Alicia con timidez.

Porque a estas horas cualquier vehículo es sospechoso, es más seguro parar.− Aclaró Fernando sin mirarla.

El grupo se internó en el bosque; era tan espeso que a los pocos minutos ya no veían el camino. Alicia le quitó de las manos unas cuantas mantas a Andrea, se sonrieron y siguieron andando, subieron una pequeña colina y decidieron quedarse allí.

Después de repartir las mantas, Fisco se recostó contra una encina y, al segundo, dormía plácidamente. Andrea y Charles se alejaron un poco de ellos y estuvieron hablando durante un rato antes de dormir. Al final, los únicos que quedaron despiertos fueron Fernando y Alicia, aunque por distintas razones. Alicia tiritaba de frío a pesar de llevar un abrigo bajo la manta, Fernando, por el contrario, no tenía sueño y seguía alerta, a la espera de algún ruido sospechoso.

Se levantó y empezó a merodear por la zona, necesitaba ocupar su mente, aunque fuera revisando un bosque en el que, a todas luces, ellos eran los únicos humanos. Media hora después, volvió al improvisado campamento y se acercó a Alicia por detrás.

Intenta dormir un poco, en la camioneta es imposible con ese motor que tiene.− Susurró Fernando intentando que su tono de voz fuese lo más aséptico posible.

Se sobresaltó al oír una voz a su espalda, pero luego volvió a adquirir su actitud impasible. Transcurridos unos segundos, ella contestó.

Hace demasiado frío… pero aún así no tengo sueño.− Mintió Alicia, pues no quería revelar ninguna debilidad que pudiera darle alas a Fernando, y justo en ese momento tuvo que reprimir un bostezo.

Él, sin decir una palabra, se sentó a su lado y abrió la manta que se había echado sobre los hombros. La rodeó con el brazo, cobijándola con su manta, y la apretó contra su pecho. Alicia notó que el corazón se le aceleraba, pero no dijo nada; Ambos cerraron los ojos, pese a estar despiertos, y dejaron pasar la noche, abrazados. Para Alicia no hubo un amanecer más molesto que aquel.

Con alba llegaron de nuevo las prisas; Andrea, Charles, Alicia y Fernando recogieron las mantas y borraron las pocas huellas de su estancia allí, mientras Fisco iba a por la camioneta. A los pocos minutos, reemprendieron el viaje. Charles se puso al volante, mientras los otros viajaban atrás, en el remolque. Se había decidido que solamente condujeran Fisco y Charles por varios motivos: No era común ver a mujeres al volante, por lo que Andrea y Alicia quedaban descartadas y Fernando estaba siendo buscado… mejor no tentar a la suerte.

En el remolque Alicia se sentó junto a Fernando; Al verlo, Andrea y Fisco se miraron, pero no hicieron nada y comenzaron a hablar entre ellos en voz baja. Alicia y Fernando permanecieron callados unos segundos, hasta que ella decidió romper el silencio y con un susurro trémulo dijo:

Yo decidí entrar en esta operación. No es culpa de Andrea.

Ya lo suponía, pero sigue sin ser una buena idea.− Dijo él en voz baja.

No, lo que fue una mala idea fue permanecer en el camino viendo como te alejabas, como se alejaba mi oportunidad de regresar a Francia.− Dijo Alicia en un tono ligeramente más alto, pero que no dejaba de ser un murmullo.

Fue lo mejor para ti, créeme.− Sentenció Fernando sin mirarla.

¿Para mí? No, Fernando, fuera lo que fuera aquello, no fue en absoluto lo mejor… ni para mí, ni para Álvaro y, seguramente, tampoco para ti. Sólo fue posponer lo inevitable.− Suspiró y añadió.− Álvaro ha sufrido lo indecible con esto… Y yo también.

Alicia…− Comenzó a decir él.

Déjame acabar.− Le cortó ella.− No tienes derecho a decirme qué es lo mejor para mí y menos aún cuando eso afecta a una tercera persona.− Hizo una pausa y la rabia desapareció de su rostro.− Pero no te culpo sólo a ti…− Continuó con amargura.− Yo dejé que pasara, dejé que tú decidieras por mí y fue el mayor error de mi vida, pero no volverá a pasar.

Se recostó de manera que su cara miraba hacia la de él, pero Fernando seguía mirando al frente y no parecía haber oído nada de lo que ella había dicho. Alicia levantó la mano y acariciando su mejilla, le obligó a girar el rostro.

Fernando… Te quiero y sé que tú me quieres a mí.− Él intentó bajar la cabeza, pero las manos de ella se lo impidieron.− Pero eso no significa que tengas que cuidarme y protegerme como si yo no fuera capaz de hacerlo por mí misma; No soy ninguna niña, sé lo que quiero y sé hasta donde estoy dispuesta a llegar para lograrlo.− Explicó abarcando con la mirada el remolque en el que se encontraban.

Ella se acercó más a su cara e intentó besarle, pero él, sin decir una palabra, apartó las manos de Alicia de su rostro y ella se alejó entre dolida y confusa.

Fernando no se quitaba de la cabeza la imagen de Alicia muerta, mientras se repetía que todo eso era por su culpa.

Alicia… es muy probable que haya muertos en esta misión.− Masculló él, al cabo de unos segundos, como si ella fuese capaz de seguir sus pensamientos. Estuvo a punto de añadir “Y tú no eres consciente de ello”, pero le sonó demasiado duro, demasiado cruel…

Alicia le miró con semblante preocupado, pero no respondió al comentario de Fernando.

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A kilómetros de allí, Mendoza maldecía y blasfemaba, al tiempo que daba patadas a un escritorio en el que había extendido un mapa. Había pasado toda la noche en la comisaría y ya era un secreto voces que Fernando Solís había logrado escapar. Su superior acababa de llamar para informarle de que si no capturaba a Solís y a todos sus secuaces, subsanando así el error que había cometido, sería su cabeza la que rodaría.

jueves, 17 de junio de 2010

Nota

Adelantaré al viernes la publicación de los dos próximos capítulos del relato Cuando quemaba el aire.
Más que nada porque como el capítulo que correspondería al día 3 de julio no lo voy a poder poner, así por lo menos tendréis estos un poco antes, no sé si os gusta la idea...
Un abrazo y, ya sabés, mañana por la mañana publicaré el nuevo capítulo.

martes, 15 de junio de 2010

Despedidas y negativas



Dos imágenes:

La primera de Juan, sobre esa despedida tan triste... He intentado ponerme en la piel de ese hombre que, a punto de ser fusilado, sólo piensa en el adiós de la mujer a la que ama. ¡Es que me pareció tan bella esa escena del adiós!

La segunda sobre la decisión de Margarita de no volver con su marido, tomando sus propias palabras.

Espero que os gusten.

domingo, 13 de junio de 2010

De tu ventana a la mía


Para hacer un poco de promoción, os dejo aquí el cartel de la película De tu ventana a la mía, de Paula Ortiz, que contará con nuestro querido Roberto Álamo.

sábado, 12 de junio de 2010

Mujer prevenida...


Me apetecía hacer algo un poco diferente, de modo que he escogido a un personaje al que, aunque me guste, no le suelo dedicar muchas imágenes.
La frase es de Shakespeare (aunque la he cambiado un poco). Creo que le va bien, porque ella suele ser la voz de la prudencia y la sensatez.
Espero que os guste.

Capítulo XLI


CAPÍTULO XLI

¡Ella no puede estar aquí!− Vociferó Fernando por tercera vez.

¿Quién eres tú para decir eso?− Explotó Alicia quien, hasta entonces, había observado perpleja la reacción de Fernando.

Soy alguien que sabe lo que nos estamos jugando, tú no eres más que una carga.− Dijo Fernando con desprecio, sabiendo donde tenía que apuntar para causar daño.

Ella le miró enfurecida.

No te atrevas a decir eso. ¡No te atrevas!− Bramó ella.

Fernando ya no la escuchaba y trataba de hacer que Charles parara la camioneta dando golpes en la lona.

Sigue, no hagas caso, sigue.− Gritó Andrea mirando hacia la cabina, a pesar de que esta no tenía conexión con el remolque.− Fernando, piénsalo, no podemos dejarla aquí, habría que dar la vuelta y eso sí que sería arriesgado; Alicia sabe cuidar de sí misma y conoce los riesgos que corre.− Intervino Andrea, intentando calmar los ánimos.

¿Tú aceptaste que participara?− Inquirió Fernando con tono amenazador, volviéndose hacia Andrea.

Apenas teníamos gente y ella es mucho más capaz que muchos que conozco, tiene agallas y astucia.− Se defendió Andrea sin variar ni un ápice su tono de voz.

Y eso lo justifica todo ¿no? ¿Aceptasteis a una cría porque os faltaba gente? ¡Haberme dejado allí!− Gritó él, indignado.

Mientras, Fisco hablaba con Alicia, intentando que se serenara:

No le hagas caso, tiene mucho carácter, eso es todo. Se preocupa por tu seguridad.

¿¡Y quién le manda a él preocuparse por mi seguridad?!− Chilló Alicia que temblaba de rabia.

Fisco miró a su alrededor y agradeció la lluvia que golpeaba la lona y el tremendo rugido del motor; de no ser por eso, todo Madrid les estaría oyendo. Andrea miró a Fisco significativamente y cambiaron posiciones.

Fernando, por favor, sabes muy bien cómo va esto. No es como hace unos años, ahora la gente mejor preparada está muerta o en Francia. La chica nos ha ayudado más de lo que imaginas, el dinero para subvencionar gran parte de la misión es suyo ¿sabes?

Fernando se quedó quieto y su expresión cambió, como si acabara de entender algo.

¡El cuadro! ¡El puñetero cuadro! ¿A que sí? Dios, y también has implicado a Álvaro en esto…− Le rugió a Alicia por encima del hombro de Fisco.

¿Y tú cómo sabes…?− Inquirió Alicia, visiblemente sorprendida, que intentaba en vano apartar a Andrea para acercarse a él.

Porque os han estado vigilando, estúpida, siguieron a Álvaro y supieron que vendió un cuadro. Luego Mendoza que, por cierto, es el topo, me iba a mí con el cuento esperando que yo le confirmara sus sospechas… Pero tú se lo has puesto aún más fácil.− Explicó Fernando con enojo.

¡Fernando!− Gritó Andrea que por primera vez parecía enfadada.− Fue ella quien le desenmascaró, reconoció al topo, sin ella, todos, y digo todos, habríamos caído.

Y ya no hay nadie vigilando la casa de Álvaro. Aunque de todas maneras hemos salido por otro portal.− Comentó Alicia, ignorando a Fernando.

Andrea la miró sin entender y Fisco frunció el ceño.

Saltamos de azotea en azotea hasta llegar a un portal más alejado.− Aclaró.

Fernando abrió los ojos, sorprendido, pero al momento volvió a la carga.

¿Y qué? Ha aprendido un par de trucos, eso es todo. Sigue siendo una chica universitaria, nada más. No aguantará la huida, lo más seguro para ella es que permanezca junto a su marido.− Dijo con un tono de voz que, aunque era considerablemente más tranquilo, no estaba exento de desdén.− ¿O acaso él no cuenta?− Y fijó sus ojos en los de Alicia.− ¿Le vas a dejar así después de todo lo que ha hecho por ti?

Alicia se zafó de Andrea y Fisco se apartó al verla acercarse. Sus caras estaban a sólo un par de centímetros.

Te hago la misma pregunta: ¿Me vas a dejar así después de todo lo que he hecho por ti?− Preguntó ella alzando la barbilla y con una mirada claramente desafiante.

Fernando parecía completamente desarmado ante aquella pregunta. Sus ojos vagaron por el rostro de ella y se detuvieron un segundo en sus labios, pero al instante bajó la mirada. A causa de la semi oscuridad que había en el remolque era difícil ver su expresión, pero parecía estar haciendo esfuerzos para mantener su actitud fría y chulesca.

¿No respondes?− Preguntó ella con una buena dosis de crueldad.

Andrea y Fisco se habían hecho a un lado y miraban la escena con algo de recelo. Sentían que estaban interrumpiendo algo muy íntimo, pero al mismo tiempo sabían que si seguían así, deberían intervenir, por el bien de todos, para calmar los ánimos.

Fernando notaba sus ojos húmedos y sus mejillas ardiendo, pero no iba a claudicar. Necesitaba tener la mente fría para tomar decisiones y no era capaz hacerlo cuando su mayor temor amenazaba con cumplirse: Cada vez que cerraba los ojos, no podía evitar ver a Alicia muerta en una cuneta, con un disparo en el estómago y sangre brotando de su boca, resbalando por su mejilla. Luego, recordó a Belle… No podía permitir que la historia se repitiera. Pestañeó y vio a Alicia de pie, frente a él, observándole con una expresión cercana al odio. “Prefiero que me odie.− Pensó.− Será más fácil si me odia”.

Esto no es por nosotros; es porque si seguimos contigo la misión fracasará.− Soltó Fernando.

Me temo que no eres tú quien decide eso.− Dijo Andrea antes de que Alicia tuviera tiempo para replicar.− Charles y yo somos los responsables de esta misión y por lo tanto esas decisiones nos corresponden a nosotros. La decisión está tomada desde hace semanas: Alicia forma parte de este grupo. Fin de la discusión.

Alicia intercambió una mirada con Andrea y se sentó apoyando la espalda contra la lona en la parte más cercana a la cabina; Andrea se acercó y, sentándose junto a ella, le tomó la mano, pero Alicia no parecía ser consciente de ello y miraba a Fernando con una expresión difícil de descifrar.

Él se sentó lo más alejado que pudo de Alicia y clavó su vista en la parte trasera del remolque, donde la lona de vez en cuando ondeaba y dejaba ver parte del camino; sabía que si la miraba de nuevo, la besaría.

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Gracias de nuevo a NoA por las capturas.

jueves, 10 de junio de 2010

Águila Roja arrasa en los premios de la Academia de la televisión


La serie se llevó en total cinco galardones: Mejor programa de ficción, Mejor dirección de fotografía e iluminación, Mejor maquillaje y caracterización, Mejor dirección de arte y escenografía y Mejor productor.
TVE fue la gran ganadora, pues ganó quince de los diecinueve premios.
Desde aquí, mi enhorabuena a todo el equipo.
Fuente: El País

martes, 8 de junio de 2010

Nuevo proyecto de Roberto Álamo


El actor, ganador del premio Max, participará en la película De tu ventana a la mía, dirigida por Paula Ortiz. El rodaje comenzará a finales de junio y contará con actores y actrices como Leticia Dolera, Maribel Verdú, Álex Ángulo, Luisa Gavasa o Fran Perea.

lunes, 7 de junio de 2010

Lo que fuimos...


Aprovechando que tengo un ratillo y que estar pachucha es la excusa perfecta para remolonear, me he puesto a hacer una edición. He usado un fragmento de la canción Donde quiera que hoy estés de Mónica Molina.
Espero que os guste. Un beso a todas, os echo mucho de menos, pero dentro de poco tendré más tiempo.

sábado, 5 de junio de 2010

Capítulo XL


CAPÍTULO XL

¿Qué te ha dicho el enlace?− Preguntó Andrea. Su voz era serena, pero su rostro denotaba tensión.

Al parecer, no sospecha nada.− Respondió Fisco, meditabundo, mientras se frotaba la barbilla con la mano izquierda.

Se tragó el anzuelo, entonces.− Suspiró Andrea, aliviada; Luego miró a Fisco y dijo.− ¿Crees que está fingiendo?

No, no.− Contestó Fisco y parpadeó un par de veces.− Perdona, no es eso, es que… no entiendo por qué Charles ha querido que haya un intermediario entre Santi, el camarada que habló con el topo, y yo. ¿No se supone que contará con protección? ¿Por qué le tratáis ya como a un agente quemado?

Es por seguridad, la suya y la tuya. No sabemos si habrá ordenado que sigan a ese hombre, por eso tampoco hemos avisado al resto de camaradas, todos deben permanecer con su rutina habitual, sino empezaría a sospechar.− Explicó ella, casi susurrando.− Todos los que han entrado en contacto con él tienen órdenes de desaparecer el día de la misión, la mayoría serán sacados fuera de España en unas semanas, poco después de que nosotros lleguemos a Francia si…

Si todo va bien.− Concluyó Fisco.

Andrea inconscientemente introdujo la mano en un bolsillo interior de la chaqueta y palpó un papel.

Esperemos que sí.− Murmuró ella, mientras sacaba la mano del bolsillo.

¿Qué le ha dicho acerca de la estrategia?

¿No te lo ha contado Charles?− Se extrañó Fisco.

Últimamente no hemos tenido mucho tiempo para hablar, se ha encerrado en la habitación; es su modo de concentrarse, imagino… él es el experto en el doble juego, si lo ha ideado él, estará bien.− Comentó Andrea.

La idea es buena: Cree que vamos a usar una bomba… se espera un ataque espectacular y directo, sin cebos ni nada por el estilo, ojalá lo de los panfletos no le haga sospechar.

No creo. No son tantos como para que piense que forma parte de una trama. Seguramente lo achaque a miembros del partido que están en España, pero que nada tienen que ver con Fernando.− Explicó ella, aunque sin mucho convencimiento. Tenía ese mismo temor, pero expresarlo en voz alta era admitir su existencia y no estaba dispuesta a perder la fe a las puertas de la misión.

No me puedo creer que mañana sea el día

Yo estoy deseando que llegue el momento de actuar. Odio esperar. En fin… será mejor que vayamos a dormir.

Fisco asintió y cada uno fue a una habitación.

Un insomnio silencioso tenía lugar en otro lugar de la ciudad.

Alicia daba vueltas en la cama, mirando el reloj cada poco tiempo, con el temor de haberse dormido, pero no… el tiempo iba tan lento que llegó a pensar que el despertador estaba roto. Cada vez que giraba, un pequeño gemido de angustia brotaba en su garganta. “¿Cómo hemos llegado aquí?”− Se lo había preguntado muchas veces durante los últimos días, pero en ese momento, a escasas horas de entrar en acción, la pregunta era inevitable y terrorífica. Era imposible saber qué acciones habían desencadenado esa situación: Fernando, encarcelado, ella, enrolada en una misión de rescate y, lo más sorprendente, Álvaro participando también en dicha misión. “Es de locos”.− Pensaba.

En una habitación contigua, Álvaro miraba al techo fijamente, estaba muy quieto, aunque su mente bullía de actividad. Los temores tenían forma y no era nada halagüeña. “¿Qué será de Pedrito si me muero? ¿Y de mi madre? ¿Tomarán represalias contra ellos? Dios mío, que todo salga bien.”

Pero por lento que pase el tiempo, su paso es inexorable y llegó el amanecer del día que definiría el futuro de siete personas. Álvaro y Alicia tomaron un café rápido y se sentaron en el sillón frente a un reloj; apenas hablaron. Ambos estaban más pálidos de lo habitual y su rostro parecía más bien una máscara de cera. Sentían un sudor frío en la cara.

Cuando llegó el momento se miraron y fueron hacia el pasillo, Álvaro puso las cuartillas en las maletas, una de ellas estaba a la mitad; subieron a la azotea y saltaron juntos los muros; hacía días que no se veía a ningún policía en esa calle, pero era mejor prevenir.

Él cargó con la maleta más pesada y Alicia se hizo con la otra, hasta que llegaron a la calle indicada. Echaron un vistazo, no se veía un alma. Había cuatro o cinco coches aparcados junto a un edificio y con movimientos imperceptibles colaron unas cuantas octavillas debajo de los automóviles.

Luego cogieron los tacos que sobraban y los lanzaron de golpe. Cerraron las maletas y echaron a andar. Una ráfaga de viento había levantado las octavillas, impidiendo que estas tocaran suelo. Los papeles describían espirales en el cielo, cuando de repente, un hombre bajito, rechoncho y trajeado surgió de la esquina más cercana a ellos, se quedó mirando los papeles y su rostro se transformó en una expresión de terror; Luego les miró a ellos.

¡Creo que los han tirado desde el edificio!− Mintió Álvaro con un deje de pánico y sorpresa que sonó convincente.

Será mejor que nos movamos, para que nadie nos relacione con esto.− Recomendó el otro hombre que, al parecer, ni siquiera había pensado que las octavillas hubieran sido lanzadas desde tierra. Era comprensible, estas volaban de un lado a otro de la calle y tras unos segundos, era imposible decir cual había sido el foco.

Álvaro y Alicia se alejaron de allí a buen paso, sentían hielo en la espalda y en las manos, pese a llevar guantes. Alicia sonrió a Álvaro y él la agarró de la mano. Su parte estaba hecha. Ahora sólo tenían que volver al piso. Repitieron la misma operación y saltaron los muros, Alicia se sorprendió pensando en lo mucho que odiaba hacer eso… hacía escasas horas un pensamiento tan trivial no hubiese tenido cabida en su mente.

Entraron en el piso y automáticamente ella miró su reloj de pulsera. Aún faltaban treinta y siete minutos para que tuviera que salir de allí. Álvaro fue hacia uno de los sillones y se dejó caer como si acabara de correr la maratón.

Ah, jamás pensé que se podría aguantar tanta tensión.− Murmuró.

¿Aguantar la tensión? Has hecho más que eso. Cuando ha aparecido ese hombre yo me he quedado bloqueada, ya creí que nos pillaban, pero tú…− Exclamó Alicia que seguía de pie y estaba demasiado excitada como para permanecer sentada hasta que llegara el momento de irse.− Has estado fantástico.

Álvaro sonrió, pese a la angustia que aún sentía.

Será mejor que guarde las maletas en lo alto del armario.− Decidió.

Yo voy a beber un poco de agua, tengo la garganta seca.

Mientras iba hacia la cocina Alicia sintió nostalgia, una nostalgia parecida a la que había sentido en el piso franco, con Fernando. Esas, probablemente, serían las últimas cosas que ella haría en España: beber un vaso de agua, caminar de una habitación a otra, andar por sus calles… Sonrió; iba a echar de menos muchas cosas, empezando por Álvaro, pasando por la gente del Asturiano, también su prima Matilde, a la que hacía meses que no veía, y cosas más pequeñas, como pasear por el Retiro, comer barquillos, visitar el Prado, que la dejó fascinada, hasta los fríos pasillos de la facultad se le antojaban ahora cálidos y entrañables.

Alicia.− Álvaro estaba apoyado en el quicio de la puerta y la miraba preocupado.− ¿Estás bien?

.− Respondió mientras dejaba el vaso vacío en el fregadero.− Estaba pensando en lo que dejo atrás.

Álvaro adquirió una expresión extraña, una mezcla de melancolía y ternura. Una media sonrisa se le dibujo en la cara, mientras apartaba la vista de Alicia y la fijaba en el suelo.

Yo echaría de menos el Retiro. Seguro que hay parques bonitos en París, pero me gusta, qué le voy a hacer.− Comentó Álvaro con aire soñador.

Ella se limitó a sonreírle. Luego se acercó y le dio un abrazo.

Intentaré escribirte sin comprometerte.− Susurró, con la cabeza apoyada en su hombro.

Te tomo la palabra.− Bromeó él.

Ella se apartó bruscamente y le miró con seriedad, como si acabara de acordarse de algo y entonces dijo:

Tendrás que denunciarme. Por abandono del hogar. Tendrás que hacerlo… hazlo tres días después de que me haya ido, supongo que ya estaremos lo suficientemente lejos.− Razonó.

Álvaro la miró asustado, pero tras unos segundos accedió a la petición, asintiendo con la cabeza.

Lejos de allí, tenía lugar una escena bien distinta: Andrea estaba en un sótano con dos hombres semi desnudos, ambos estaban amordazados y maniatados, espalda contra espalda; ella estaba a su lado, sin hacer un solo movimiento y con la mano extendida sostenía un revólver con el que los apuntaba. A pocos metros del edificio de Puerta del Sol, Fisco y Charles iban en un coche negro muy elegante, ambos llevaban indumentaria militar y portaban un genuino permiso de traslado para un preso: Fernando Solís. Salieron del coche y entraron en la comisaría. Fisco, con voz autoritaria, se dirigió al primer guardia que vio.

Queremos ver al inspector Mendoza.

El guardia les miraba entre aturdido y acobardado; Al ver que no se movía, Fisco añadió:

Ya.

El guardia se fue de allí con prisas y al rato volvió con un hombre bajito que parecía interrogar al guardia mientras andaban.

Buenos días, traemos un permiso para llevarnos al detenido Fernando Solís.− Dijo Fisco de corrido, mientras le mostraba una hoja de papel mecanografiada con un sello impreso en tinta azul y una rúbrica ininteligible.

Mendoza sostuvo el documento y sus ojos pasaron de renglón en renglón con rapidez.

Parece que está todo en orden.− Charles levantó la ceja como si se sintiera ofendido, Fisco, en cambio, ignoró el comentario.− Pensé que vendríais más, es un hombre peligroso y gracias a mí sabemos que están urdiendo un plan para liberarle.

Somos justo los que tenemos que ser, no pretenda darnos lecciones, si fuéramos una comitiva llamaríamos más la atención, ¿no cree?− Le cortó Fisco; Mendoza se mordió el labio, azorado.

Pero ¿qué van a hacer con respecto a la misión que se traen entre manos?

Eso es asunto suyo, nosotros sólo hemos venido a trasladar a Solís, mañana tiene que comparecer en un tribunal. Además, no tardaremos en ejecutarle…− Y dibujó una sonrisa cruel mientras decía esto.− Muerto el perro, se acabó la rabia.

Ya, ya.− Murmuró Mendoza.

Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Fisco soltó:

Si no le importa, tenemos prisa.

Por supuesto, por supuesto.− Dijo Mendoza con docilidad. Se volvió hacia el guardia y ordenó.− Tráigale aquí, ¡esposado!

Esperaron unos minutos que parecieron horas y, al cabo de un rato, el guardia reapareció agarrando a Fernando por la camisa, como si sintiera asco.

Fisco se acercó y tomó a Fernando por el brazo de muy malos modos. Ya lo estaban arrastrando hacia el coche cuando Mendoza, agitando el documento, gritó:

¡Esperen! ¿Podré interrogarle de nuevo? Me sería muy útil para poder capturar a sus… amigos.

Asqueroso hijo de p…− Murmuró Fernando en un tono de voz perfectamente audible.

Inspector, eso no tiene que hablarlo con nosotros, no nos haga perder más el tiempo.− Lo atajó Fisco con cierto cabreo.− Y tú, para el coche, que no tengo todo el día.

Se volvieron de nuevo y metieron a Fernando en el automóvil. Este ni siquiera les había mirado y cuando llevaban varios metros conducidos, levantó por fin la vista. Fernando no pudo reprimir un grito cuando vio la cara de uno de sus “captores”.

¡¡Fisco!! ¿Pero qué…?− Tenía la voz tomada y ronca. Parecía débil, pero su expresión denotaba una alegría que le hizo rejuvenecer de golpe.

Creía que la celda te había afectado a la vista, camarada.− Bromeó el aludido.

Fernando se limitó a mirarlo como si fuera el primer ser humano que veía en años.

Tengo que decir que me preocupó, temía que me reconocieses y no pudieses disimular la sorpresa.− Continuó Fisco.− Se habría liado una buena con el simpático de Mendoza.

Fernando soltó una carcajada. Aún no podía creer que estuviese fuera, había sido tan fácil que no podía evitar sentir que algo iba mal.

Pero… tenemos que prepararnos, en breve llegarán a comisaría los auténticos militares y se olerán el pastel… habéis tenido suerte, ha habido no sé qué lío y muchos de los policías están fuera del edificio; Por cierto, ¿cómo habéis conseguido una falsificación tan buena del permiso de traslado?− Soltó Fernando. Tenía tantas preguntas qué hacer que sentía que estaba punto de explotar.

A ver, vayamos por partes: No tenemos que prepararnos, no para eso, al menos. Los verdaderos militares, en caso de llegar hasta la comisaría, algo que dudo mucho que vaya a suceder, llegarían en paños menores. Lo segundo, no hemos tenido suerte, hemos tenido ayuda de dos camaradas, digamos… imprevistos. Y lo tercero, no hemos conseguido ninguna falsificación, hemos obtenido el documento original ¿con quién crees que estás tratando?− Explicó Fisco con algo de chulería.

Fernando le miró y luego miró a Charles como esperando ver algún gesto que le indicara donde estaba el truco. Charles, que había permanecido en silencio hasta ese momento, habló:

Una antigua amiga tuya es la artífice de todo esto, aunque yo también he hecho algo.− Comentó con orgullo.− Supongo que te acordarás de Andrea.

El corazón de Fernando se inundó de calor y gratitud a partes iguales.

Ella y su marido consiguieron que saliera adelante la misión. Eh, yo soy Charles, un viejo amigo de Antonio.

Fernando le dedicó una amplia sonrisa, mientras le daba un fuerte apretón, pero enseguida volvió a centrar su atención en Fisco.

Bueno, sigue contándome. ¿Dónde están los militares? ¿Los habéis eliminado o los tenéis retenidos?

Están vivos, asustados, me imagino, pero vivos, están muy verdes… Ahora nos toca cambiar de transporte.− Dijo Fisco que había metido el coche en un callejón oscuro y sórdido.

Salieron del auto, había comenzado a llover y encogidos fueron hacia una camioneta sucísima y desvencijada. Fernando la miró, dudando que arrancara siquiera, pero Fisco debió de adivinar sus pensamientos porque dijo:

No te preocupes, el motor es nuevo, no nos dará problemas.

Los tres subieron al remolque, cubierto por una lona negra en la que la lluvia repiqueteaba con un sonido sordo. Allí les esperaban ropas limpias y modestas. Tiraron los atuendos militares y la ropa de Fernando en el asiento de atrás del coche y subieron a la camioneta.

Charles se colocó de piloto y Fernando y Fisco se quedaron en el remolque. Sin mediar palabra, Fisco sacó un alambre y, tras varios intentos, logró liberar las manos de Fernando de las esposas. Estaba a punto de tirarlas cuando Fernando dijo:

Espera, dámelas. Pueden ser de utilidad.

Tú siempre maquinando algo.

Pues el plan que habéis urdido no es como para echarme en cara eso, precisamente… es tan bueno que podría ser mío.

− ¡Qué modesto has sido siempre!− Dijo Fisco con sarcasmo.

De pronto la camioneta frenó, la lona se abrió y, de un saltó, entró una empapada Andrea Robles. La camioneta arrancó de nuevo. Fernando y ella se miraron y se dieron un fuerte abrazo. Él intentó susurrarle “gracias” al oído, pero no fue capaz, la emoción lo había dejado mudo.

Vaya, menuda está cayendo.− Comentó, refiriéndose a la lluvia que había empezado a caer con más fuerza. − ¿Cómo te encuentras?− Preguntó, dirigiéndose a Fernando.− ¿Cómo ha ido todo?− Inquirió, volviéndose hacia Fisco.

No me quejo.− Respondió Fernando con una media sonrisa.

Las cosas han ido bien.− Contestó Fisco.− ¿Y tus “niños”?

Siguen en el sótano. Dentro de tres días alguien llamará a una comisaría e informará de su situación.− Resopló Andrea que parecía exhausta.

Tras varios minutos, la camioneta frenó de nuevo y oyeron a Charles hablando con alguien, al momento, la lona volvió a abrirse.

Una silueta menuda se subió al remolque y cerró la lona de nuevo. La camioneta arrancó otra vez y Alicia, que estaba aún más mojada que Andrea, se sentó lentamente, tambaleándose. Sólo se oía el ruido del motor y de la lluvia contra la lona, mientras las miradas de Fernando y de Alicia se perdían en los ojos del otro.